El sótano de las torres de Parque Central en
Caracas es un submundo recóndito. Un pequeño cosmos de delincuencia,
indigencia, restaurantes, drogas, trabajadores y comensales. Entre todas estas historias
que cohabitan en el sector está la de Adriana, una mujer de 45 años que
transitó por cada uno de esos universos crueles, y las causas que la
introdujeron en ellos fueron tan accidentales como las que lograron sacarla a
una mejor vida que, entre otras cosas, le permite relatar sus memorias.
La ropa que viste Adriana Carmona le queda
pequeña y desarreglada, se la regalaron hace poco. Luego de limpiar las últimas
mesas del local de comida árabe que tanto ama, se sienta a conversar con espontánea
quietud. En sus brazos y cara morena se vislumbran las largas y coloradas cicatrices
de una vida que ha sido turbulenta.
Ella se crio en una pequeña casa en San Juan. Su
niñez la ocupaba en jugar metras y ayudar en los quehaceres de la casa, no le
interesaba estudiar y nadie se preocupaba por que lo hiciera. Su mamá falleció
de cáncer cuando tenía 15 años y su papá desapareció. “A mí lo que me faltó en
la vida fue un padre y una madre”, confiesa. “Yo disfruté muy poco mi
infancia”.
Huérfana, acudió a sus hermanas mayores,
quienes se negaron a ayudarla. La ausencia de sus familiares, de alguna
institución a la cual recurrir y de cualquier conocimiento de utilidad fue
suficiente para que “agarrara el mundo de la calle, en el que estuve casi toda
mi vida”. La señora reseña: “yo tenía un ranchito, pero vivía de la limosna y
de pedir en la calle. Mis zonas eran San Agustín y Santa Rosalía A veces pasaba
10 días sin dormir y otros tres seguidos durmiendo”.
Cada pelea en la calle y cada bocanada de crack
significaron un desacierto continuo en la vida de la adolescente. El novio que
tenía no solo le gestó un bebé en su útero, sino constantes golpes, maltratos y
porrazos en otras partes del cuerpo. Dos meses después de quedar embarazada,
Adriana, de 16 años, asesinó con un cuchillo al padre de su hijo. Cuando se le
repregunta las razones por las que lo mató, no se muestra a gusto de dar
explicaciones, solo comenta que estaba cansada y podía perder el feto.
“El primer día apuñalé a cuatro”
A raíz del crimen cometido, fue llevada a un
centro penitenciario en Los Teques, el Instituto Nacional de Orientación
Femenina. Ahí dio a luz al único bebé estable y sano de sus tres embarazos,
quien fue sacado del penal y entregado a las tías del recién nacido para ser
criado por ellas.
“En la
cárcel no hacía muchas cosas porque era de las que mandaba. Ponía a las nuevas
a limpiar, a fregar los platos y a que le mamaran la cuca a una en la noche”. No
titubea para contar cómo consiguió posicionarse arriba en la jerarquía
carcelaria: “Ese poder lo conseguí porque llegué matando a quien se me pasara
por delante. El primer día que estuve ahí apuñalé a cuatro mujeres. Me llevé a
dos en la mañana y dos más en la tarde. Si no las mataba yo, ellas me mataban a
mí”.
Adriana Carmona interrumpe la conversación súbitamente para acercarse a un indigente que camina entre las mesas. Coge al desposeído con sus dos manos y lo remolca por el piso a través de todos los restaurantes hasta que lo expulsa del pasillo, mientras le grita que no regrese y le zumba dos patadas. El acontecimiento parece una pequeña muestra de un pasado violento del que cuesta desprenderse. La mujer aclara que el señor espanta a los clientes y que ahora que está recuperada se siente con el derecho de reprender fuertemente a los borrachos y delincuentes que se encuentra, porque sabe que ellos también pueden regenerarse.
La agobiante vida penitenciaria en los Teques la condujo a buscar cualquier vía para salir de ahí. “Varios años después, secuestré por varios minutos a la directora del penal para matarla y escapar de ahí con las llaves que tenía. Pero
Para ella, la nueva prisión representó una brusca
solución para poder salir en libertad. Cuando la mujer de 30 años fue a dar su
testimonio regular ante el Tribunal Supremo de Justicia, dos jueces de este
organismo le propusieron absolverla de todas las condenas a cambio de que matara
a la reclusa conocida como “La Mostra ”,
líder de una banda responsable del asesinato de varios familiares de los
miembros del sistema judicial que le hicieron la oferta.
Carmona aceptó.
“La mujer era grandísima, me daba miedo, le pude ganar porque le metí primero
en el corazón”, narra mientras muestra las cicatrices en su abdomen. De esta
manera, cometió su sexto homicidio y en menos de un día la soltaron a la calle.
Se enrumbó a Caracas con el principal objetivo de reencontrarse con su hijo.
La madre asegura que la prisión no ocasionó
ningún cambio en ella, si acaso haber salido como peor persona de la que entró.
La voz se le fragmenta cuando dice: “Fue una experiencia mala, horrible. Yo
viví la mitad de la vida ahí, dejé mi juventud en la cárcel”.
Una luz al final del
sótano
El mundo de la violencia no acabó para quien ya
era una adulta. Una vez que retornó a la calle, se sentía como una profesional
que regresaba a las ligas menores. Y esa sensación fue la que dirigió sin
vacilar a cometer sus últimos delitos. A su hijo lo asesinaron un año después
de que empezara a vivir con él en San Juan. La madre, despojada de la capacidad
de sentir remordimiento, “ajustó cuentas” al matar con un arma de fuego a tres
miembros de la familia responsable de la muerte de su “chamito”.
Adriana buscó refugio en Parque Central.
“Después de todo eso, yo estaba perdida, no sabía qué iba ser de mí. Me podía
pasar cualquier cosa en cualquier momento”. Adquirió fama en el microcosmos del
sótano de los edificios más altos de Caracas, ella pedía comida, amenazaba a
todo el que se encontrara, y dormía en una esquina del estacionamiento. Los
miembros del Centro Simón Bolívar, órgano público que regula las torres, le
decían que “ojalá muriera o desapareciera”, no veían ninguna salvación en
aquella señora de 33 años.
Mientras que el rechazo era la regla, un
encuentro agresivo con la encargada de un local de comida árabe obtuvo la
reacción opuesta. La gerente del restaurante, Xiomara Khader, respondió con un ofrecimiento de un almuerzo a
cambio de que le limpiara las mesas y las ventanas. Ese pequeño y riesgoso
gesto originó una extraña impresión en ella. En menos de tres meses le
confiaron un empleo para labores de aseo e inició un lento proceso de reinclusión
en la sociedad. “Quise comenzar un trabajo para ganarme la vida honradamente,
sin molestar a nadie. Poco a poco me fui saliendo de ese mundo”.
Xiomara, quien se ha encargado de darle ayuda a
tres indigentes además de Adriana, narra el proceso de regeneración: “La
primera vez que se me enfrentó fue con un pico de botella y los empleados de mi
tienda se la llevaron al piso de abajo para darle una paliza. Días después, se
me acercó a pedirme comida y le ofrecí que me limpiara el lugar para darle el
almuerzo. Siguió así hasta que la metí fija en el local. La bañábamos, la
mandábamos a la peluquería y le traíamos ropa. Poco a poco fue dejando la
piedra. Al final terminó agradeciendo y mejorando mucho hasta la vida decente
que lleva hoy. La gente del Centro Simón Bolívar no puede creer que se haya
recuperado”.
La nueva etapa de Adriana estuvo marcada por
una sola persona, la gerente del comedor árabe que se localiza en el sótano de
las altas edificaciones gemelas. “Xiomara fue la que me sacó de esas maldades,
ni mis hermanos ni nadie. Yo la quiero mucho y le debo y agradezco mi nueva
vida. Ahora estoy en un mundo con más luz. El que se meta con ella se va a
encontrar conmigo”. Añade: “Cuando uno quiere cambiar lo hace de corazón, por
uno mismo. Aparte tuve la suerte de encontrármela a ella”.
El Gobierno le va a entregar a la mujer
rejuvenecida un apartamento en Bellas Artes al que se irá a vivir con su esposo,
al que conoció hace 4 años. “Si Dios quiere me entregan las llaves esta tarde”.
En su tiempo libre, ella visita la playa o va a tomarse unas cervezas en la
tasca más cercana. Adriana Carmona evoca que los programas de reinserción
social no son un capricho de los activistas por los derechos humanos y lo
determinante, de manera favorable o negativa, que puede ser el entorno cultural
para un individuo.
La entrevistada se levanta y procede a recoger
las mesas, no sin antes pedir un “aguinaldito pal` refresco”. Ahí, en el sótano
de Parque Central, en el pequeño cosmos de delincuencia, indigencia, restaurantes,
drogas, trabajadores y comensales; está la historia de una mujer de 45 años que
transitó por todos esos universos y logró salir con vida.
(*)La biografía más excéntrica y necrófila que me han relatado, además de fortuita porque no fui a Parque Central para entrevistarla a ella. No está escrita en formato pregunta-respuesta porque la asignación era otra, sin embargo, el género Semblanza calzó perfectamente con lo narrado por la mujer y su manera de breve de contestar.
(*)La biografía más excéntrica y necrófila que me han relatado, además de fortuita porque no fui a Parque Central para entrevistarla a ella. No está escrita en formato pregunta-respuesta porque la asignación era otra, sin embargo, el género Semblanza calzó perfectamente con lo narrado por la mujer y su manera de breve de contestar.
