9 de abril de 2013

Adriana Carmona, presidiaria del desamparo


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El sótano de las torres de Parque Central en Caracas es un submundo recóndito. Un pequeño cosmos de delincuencia, indigencia, restaurantes, drogas, trabajadores y comensales. Entre todas estas historias que cohabitan en el sector está la de Adriana, una mujer de 45 años que transitó por cada uno de esos universos crueles, y las causas que la introdujeron en ellos fueron tan accidentales como las que lograron sacarla a una mejor vida que, entre otras cosas, le permite relatar sus memorias.

La ropa que viste Adriana Carmona le queda pequeña y desarreglada, se la regalaron hace poco. Luego de limpiar las últimas mesas del local de comida árabe que tanto ama, se sienta a conversar con espontánea quietud. En sus brazos y cara morena se vislumbran las largas y coloradas cicatrices de una vida que ha sido turbulenta.

Ella se crio en una pequeña casa en San Juan. Su niñez la ocupaba en jugar metras y ayudar en los quehaceres de la casa, no le interesaba estudiar y nadie se preocupaba por que lo hiciera. Su mamá falleció de cáncer cuando tenía 15 años y su papá desapareció. “A mí lo que me faltó en la vida fue un padre y una madre”, confiesa. “Yo disfruté muy poco mi infancia”.

Huérfana, acudió a sus hermanas mayores, quienes se negaron a ayudarla. La ausencia de sus familiares, de alguna institución a la cual recurrir y de cualquier conocimiento de utilidad fue suficiente para que “agarrara el mundo de la calle, en el que estuve casi toda mi vida”. La señora reseña: “yo tenía un ranchito, pero vivía de la limosna y de pedir en la calle. Mis zonas eran San Agustín y Santa Rosalía A veces pasaba 10 días sin dormir y otros tres seguidos durmiendo”.

Cada pelea en la calle y cada bocanada de crack significaron un desacierto continuo en la vida de la adolescente. El novio que tenía no solo le gestó un bebé en su útero, sino constantes golpes, maltratos y porrazos en otras partes del cuerpo. Dos meses después de quedar embarazada, Adriana, de 16 años, asesinó con un cuchillo al padre de su hijo. Cuando se le repregunta las razones por las que lo mató, no se muestra a gusto de dar explicaciones, solo comenta que estaba cansada y podía perder el feto.


“El primer día apuñalé a cuatro”

A raíz del crimen cometido, fue llevada a un centro penitenciario en Los Teques, el Instituto Nacional de Orientación Femenina. Ahí dio a luz al único bebé estable y sano de sus tres embarazos, quien fue sacado del penal y entregado a las tías del recién nacido para ser criado por ellas.

 “En la cárcel no hacía muchas cosas porque era de las que mandaba. Ponía a las nuevas a limpiar, a fregar los platos y a que le mamaran la cuca a una en la noche”. No titubea para contar cómo consiguió posicionarse arriba en la jerarquía carcelaria: “Ese poder lo conseguí porque llegué matando a quien se me pasara por delante. El primer día que estuve ahí apuñalé a cuatro mujeres. Me llevé a dos en la mañana y dos más en la tarde. Si no las mataba yo, ellas me mataban a mí”.


Adriana Carmona interrumpe la conversación súbitamente para acercarse a un indigente que camina entre las mesas. Coge al desposeído con sus dos manos y lo remolca por el piso a través de todos los restaurantes hasta que lo expulsa del pasillo, mientras le grita que no regrese y le zumba dos patadas. El acontecimiento parece una pequeña muestra de un pasado violento del que cuesta desprenderse. La mujer aclara que el señor espanta a los clientes y que ahora que está recuperada se siente con el derecho de reprender fuertemente a los borrachos y delincuentes que se encuentra, porque sabe que ellos también pueden regenerarse.


La agobiante vida penitenciaria en los Teques la condujo a buscar cualquier vía para salir de ahí. “Varios años después, secuestré por varios minutos a la directora del penal para matarla y escapar de ahí con las llaves que tenía. Pero la Guardia Nacional me atrapó primero”. La privada de libertad fue cambiada para un nuevo centro de reclusos, llamado La Pica, en Monagas.

Para ella, la nueva prisión representó una brusca solución para poder salir en libertad. Cuando la mujer de 30 años fue a dar su testimonio regular ante el Tribunal Supremo de Justicia, dos jueces de este organismo le propusieron absolverla de todas las condenas a cambio de que matara a la reclusa conocida como “La Mostra”, líder de una banda responsable del asesinato de varios familiares de los miembros del sistema judicial que le hicieron la oferta.

Carmona aceptó. “La mujer era grandísima, me daba miedo, le pude ganar porque le metí primero en el corazón”, narra mientras muestra las cicatrices en su abdomen. De esta manera, cometió su sexto homicidio y en menos de un día la soltaron a la calle. Se enrumbó a Caracas con el principal objetivo de reencontrarse con su hijo.

La madre asegura que la prisión no ocasionó ningún cambio en ella, si acaso haber salido como peor persona de la que entró. La voz se le fragmenta cuando dice: “Fue una experiencia mala, horrible. Yo viví la mitad de la vida ahí, dejé mi juventud en la cárcel”.

Una luz al final del sótano

El mundo de la violencia no acabó para quien ya era una adulta. Una vez que retornó a la calle, se sentía como una profesional que regresaba a las ligas menores. Y esa sensación fue la que dirigió sin vacilar a cometer sus últimos delitos. A su hijo lo asesinaron un año después de que empezara a vivir con él en San Juan. La madre, despojada de la capacidad de sentir remordimiento, “ajustó cuentas” al matar con un arma de fuego a tres miembros de la familia responsable de la muerte de su “chamito”.

Adriana buscó refugio en Parque Central. “Después de todo eso, yo estaba perdida, no sabía qué iba ser de mí. Me podía pasar cualquier cosa en cualquier momento”. Adquirió fama en el microcosmos del sótano de los edificios más altos de Caracas, ella pedía comida, amenazaba a todo el que se encontrara, y dormía en una esquina del estacionamiento. Los miembros del Centro Simón Bolívar, órgano público que regula las torres, le decían que “ojalá muriera o desapareciera”, no veían ninguna salvación en aquella señora de 33 años.

Mientras que el rechazo era la regla, un encuentro agresivo con la encargada de un local de comida árabe obtuvo la reacción opuesta. La gerente del restaurante, Xiomara Khader,  respondió con un ofrecimiento de un almuerzo a cambio de que le limpiara las mesas y las ventanas. Ese pequeño y riesgoso gesto originó una extraña impresión en ella. En menos de tres meses le confiaron un empleo para labores de aseo e inició un lento proceso de reinclusión en la sociedad. “Quise comenzar un trabajo para ganarme la vida honradamente, sin molestar a nadie. Poco a poco me fui saliendo de ese mundo”.

Xiomara, quien se ha encargado de darle ayuda a tres indigentes además de Adriana, narra el proceso de regeneración: “La primera vez que se me enfrentó fue con un pico de botella y los empleados de mi tienda se la llevaron al piso de abajo para darle una paliza. Días después, se me acercó a pedirme comida y le ofrecí que me limpiara el lugar para darle el almuerzo. Siguió así hasta que la metí fija en el local. La bañábamos, la mandábamos a la peluquería y le traíamos ropa. Poco a poco fue dejando la piedra. Al final terminó agradeciendo y mejorando mucho hasta la vida decente que lleva hoy. La gente del Centro Simón Bolívar no puede creer que se haya recuperado”.

La nueva etapa de Adriana estuvo marcada por una sola persona, la gerente del comedor árabe que se localiza en el sótano de las altas edificaciones gemelas. “Xiomara fue la que me sacó de esas maldades, ni mis hermanos ni nadie. Yo la quiero mucho y le debo y agradezco mi nueva vida. Ahora estoy en un mundo con más luz. El que se meta con ella se va a encontrar conmigo”. Añade: “Cuando uno quiere cambiar lo hace de corazón, por uno mismo. Aparte tuve la suerte de encontrármela a ella”.

El Gobierno le va a entregar a la mujer rejuvenecida un apartamento en Bellas Artes al que se irá a vivir con su esposo, al que conoció hace 4 años. “Si Dios quiere me entregan las llaves esta tarde”. En su tiempo libre, ella visita la playa o va a tomarse unas cervezas en la tasca más cercana. Adriana Carmona evoca que los programas de reinserción social no son un capricho de los activistas por los derechos humanos y lo determinante, de manera favorable o negativa, que puede ser el entorno cultural para un individuo.

La entrevistada se levanta y procede a recoger las mesas, no sin antes pedir un “aguinaldito pal` refresco”. Ahí, en el sótano de Parque Central, en el pequeño cosmos de delincuencia, indigencia, restaurantes, drogas, trabajadores y comensales; está la historia de una mujer de 45 años que transitó por todos esos universos y logró salir con vida.



(*)La biografía más excéntrica y necrófila que me han relatado, además de fortuita porque no fui a Parque Central para entrevistarla a ella. No está escrita en formato pregunta-respuesta porque la asignación era otra, sin embargo, el género Semblanza calzó perfectamente con lo narrado por la mujer y su manera de breve de contestar.

7 de abril de 2013

Explotación is all in




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En mi vida solo he sentido odio genuino por dos personas: La primera no viene al caso, la segunda es el gerente operativo de la tienda Adidas del c.c. Líder en la que trabajé por más de dos meses.  Un ser tan elocuente como despreciable, un explotador por antonomasia que lograba que las frases de la izquierda más rancia no me sonaran tan irracionales. “Asesina a tu patrón” cobraba sentido emocional. Dicho hombre representaba un sistema particular de normas que aún impera en muchos comercios del mundo y me dejó un panorama desolador para quienes tienen que vivir años como asalariados en esta clase de establecimientos.

La tienda formaba parte de un conglomerado con otras cinco que eran administradas y visitadas constantemente por este señor. La bienvenida anticipó toda mi estancia, en mi primera tarde de trabajo ya me encontraba cargando unas cajas muy pesadas a través de las escaleras de emergencia hasta otro de los comercios asociados. No podía subirlas por las escaleras mecánicas porque, como explicó el jefe, “daña la imagen de la tienda ver a un vendedor llevando paquetes por ahí”.

En menos de una semana de haber comenzado, con bolsas de basura que cubrían nuestro torso para no mancharnos la ropa, varios empleados debíamos dedicar dos horas diarias de nuestro turno a pintar el techo, el depósito, los vestuarios y más. Las órdenes de pintar diferentes zonas de la tienda se mantuvieron durante toda mi estadía. Mi desconocimiento y la presión de ser nuevo me inhibían de preguntar si estas cosas estaban justificadas. La imagen de un tipo decente y respetuoso que alguna vez transmitió el gerente murió en muy poco tiempo.

Aparte de las dificultades inherentes a cualquier trabajo asalariado, cada negocio tiene sus normativas particulares y absurdas. Acá estaba prohibido sentarse en cualquier momento, desde la primera hora hasta la última. El dolor en las piernas era una constante. ¿Alguna vez han fingido que están mal del estómago para poder ir a sentarse 15 minutos en el baño? Por otro lado, teníamos que ejercer el rol de vigilantes debido a que la mezquindad de los encargados los llevaba a no contratar a ninguno a tiempo completo. Perdíamos ventas (comisiones) y confrontábamos una hora de tratos penosos con todos los clientes a los cuales había que revisarles bolsos y carteras al salir del recinto.

Prosiguiendo con lo anterior, había actividades de limpieza exhaustivas que tomaban tardes enteras para alcanzar resultados minúsculos, como sacarle el polvo a una escalera completa, peldaño por peldaño, con una aspiradora pequeña o raspar las gotas de pintura sobrantes de una pared que nunca debí pintar en primer lugar. El gerente poseía una obsesión descabellada por el orden y la idea de que “siempre hay algo que hacer”. El resultado de esto era que todos los días desordenábamos a propósito la ropa de alguna zona solo para que después nos viera acomodándola.

Mediante la exigencia constante de un uniforme obligatorio, el jefe aplicaba un mecanismo de presión que nos forzaba a comprar ropa de la tienda. Un día se presentó jadeante ofreciéndonos un descuento de 40% en prendas porque los chivos de la marca en el país iban a visitar el lugar. Básicamente, si no adquiríamos nada estábamos despedidos antes de que los altos directivos inspeccionaran el sitio. Hoy todavía tengo unos zapatos de futbol sala que no puedo ponerme a menos que use dos medias.

Antes de salir y entrar al recinto nuestros bolsos eran revisados y, lo más vergonzoso, debíamos formar un semicírculo, subirnos la franela y bajarnos el pantalón para que examinaran visualmente que no robábamos nada. ¿Qué sentido de dignidad queda después de un escenario pornográfico como ese? Si todo esto se tratase de una película, la imagen del gerente mirándonos en boxers sería la representación simbólica de nuestra derrota como empleados.

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Tal vez se estén preguntando si los empleados no nos quejábamos ante estos padecimientos y la respuesta es que el gerente manejaba distintas técnicas para neutralizar los posibles reclamos. En mi segunda semana, varios trabajadores se aglomeraron para hacer unas demandas orales. Al día siguiente había cuatro empleados menos en la tienda, casualmente los que habían protestado. Al mismo tiempo,  nos solía arrojar un discurso “motivacional” que se podía sintetizar así: “Ustedes tienen que trabajar más duro todavía para que los ascendamos y puedan ser alguien en la vida, vamos a ser proactivos”.

Con esos despidos quedaba anulada la posibilidad de agrupamiento entre vendedores. “¿Por qué tengo que limpiar el baño o pintar si  eso no está en el contrato?” o “¿por qué no han pagado los cestatickets?”, eran cuestionamientos que todos pensábamos seis veces antes de hacer. Asimismo, al menos la mitad de los empleados se tragaba la charla del emprendimiento, olvidaba sus descontentos y se esforzaba el doble con la promesa de la promoción. Ascenso que casi ninguno conseguiría, por supuesto.

Otro método consistía en hacernos saber que la tienda podía botar a todo su personal en un solo día sin verse afectada. Algún trabajador reclamaba algo y, esto lo observé tres veces, el gerente le enseñaba una resma de papel con todos los currículos recibidos de buscadores de empleo. El mensaje era “acepta las condiciones o te reemplazamos con uno de estos”. De hecho, la tienda funcionaba contratando y despidiendo personal constantemente para no tener que emplear fijamente a casi nadie.

Por tratarse de mi primer trabajo llegaba a pensar que mis quejas eran eso, mías. Ingenuas y sensibles. Pero al contrario, mis compañeros que llevaban años rotando de tienda en tienda vociferaban sus enfados. No sé si el que me juró haber acordado con su primo del CICPC para mandar a robar al gerente tuvo éxito. Ocurrió el mismo día en que el jefe, como un niño gordo que le pega repetidamente al nerd de al lado, reprodujo tres veces seguidas “Una Vaina Loca” en las cornetas mientras limpiábamos. Al terminar la canción, comentaba: “¿Se la aprendieron? ¿No? Bueno, se las pongo otra vez”.

Los encargados organizaban charlas fuera del horario para que “conociéramos más de los productos y nos comprometiéramos más con la marca”. En mi décima semana de trabajo, se aplicó una nueva política que “multaba” con 100 Bs. a quien llegara tarde a su turno regular  o faltara a dichas sesiones. El truco consistía en descontarlos de las comisiones por ventas individuales y no del salario formal. No era ilegal. Finalmente, un domingo, llegué 6 minutos tarde y el gerente decidió dejarme afuera por media hora hasta que subieran la santamaría, aunado con eso me aplicaron la multa y me redujeron 30 minutos del receso (duraba una hora). Ese día renuncié.

Consulté un par de abogados sobre la posibilidad formalizar alguna denuncia y la respuesta fue la misma. Quienes manejan estas tiendas grandes tienen todas sus formas de operar bien planificadas y enmarcadas de alguna manera dentro de la ley, y en un país que solo se mueve por dinero o amiguismo no había ninguna acción fructífera que tomar.

Una de las conclusiones generadas por la frustración del trabajo es que si un Gobierno A aplica una medida o ley (bien o mal hecha) que pretende favorecer las condiciones de los asalariados, y una oposición B responde (acertada o desacertadamente) ante dicha ley solo con un “esto va a dañar la productividad y la empresa privada” o “ahora los trabajadores holgazanes van a hacer los que les dé la gana”, probablemente la reacción de B será percibida con odio por la gran cantidad de individuos que han tenido que padecer terribles experiencias laborales durante décadas.

Por supuesto, son más los comercios que no funcionan como el descrito acá que los que sí. Lo infame es que siga existiendo un marco jurídico, social y económico en el que es posible que tiendas se manejen de esta forma sin ninguna represalia. Lo repudiable es que no haya organismos que regulen eficientemente los derechos y límites entre jefes y empleados. Que el sistema de reglas por el que se rige un comercio tenga como principal principio la generación de dinero es lógico y no está mal. El problema surge cuando ese es el único principio. Los gerentes y dueños no pueden olvidar que cohabitan con clientes y trabajadores que implican una responsabilidad social y no son un instrumento inanimado más para el exclusivo objetivo monetario. 

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No hice ningún hincapié en las características de los trabajadores porque espero escribir otro texto para ellos (si me motivo a hacerlo, pues la descripción del lado de los asalariados es tan desesperanzadora como la de los de arriba).