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En mi vida solo he sentido odio genuino por dos
personas: La primera no viene al caso, la segunda es el gerente operativo de la
tienda Adidas del c.c. Líder en la que trabajé por más de dos meses. Un ser tan elocuente como despreciable, un
explotador por antonomasia que lograba que las frases de la izquierda más
rancia no me sonaran tan irracionales. “Asesina a tu patrón” cobraba sentido
emocional. Dicho hombre representaba un sistema particular de normas que aún
impera en muchos comercios del mundo y me dejó un panorama desolador para
quienes tienen que vivir años como asalariados en esta clase de
establecimientos.
La tienda
formaba parte de un conglomerado con otras cinco que eran administradas y
visitadas constantemente por este señor. La bienvenida anticipó toda mi
estancia, en mi primera tarde de trabajo ya me encontraba cargando unas cajas
muy pesadas a través de las escaleras de emergencia hasta otro de los comercios
asociados. No podía subirlas por las escaleras mecánicas porque, como explicó
el jefe, “daña la imagen de la tienda ver a un vendedor llevando paquetes por
ahí”.
En menos de una
semana de haber comenzado, con bolsas de basura que cubrían nuestro torso para
no mancharnos la ropa, varios empleados debíamos dedicar dos horas diarias de
nuestro turno a pintar el techo, el depósito, los vestuarios y más. Las órdenes
de pintar diferentes zonas de la tienda se mantuvieron durante toda mi estadía.
Mi desconocimiento y la presión de ser nuevo me inhibían de preguntar si estas
cosas estaban justificadas. La imagen de un tipo decente y respetuoso que
alguna vez transmitió el gerente murió en muy poco tiempo.
Aparte de las
dificultades inherentes a cualquier trabajo asalariado, cada negocio tiene sus
normativas particulares y absurdas. Acá estaba prohibido sentarse en cualquier
momento, desde la primera hora hasta la última. El dolor en las piernas era una
constante. ¿Alguna vez han fingido que están mal del estómago para poder ir a
sentarse 15 minutos en el baño? Por otro lado, teníamos que ejercer el rol de
vigilantes debido a que la mezquindad de los encargados los llevaba a no
contratar a ninguno a tiempo completo. Perdíamos ventas (comisiones) y
confrontábamos una hora de tratos penosos con todos los clientes a los cuales
había que revisarles bolsos y carteras al salir del recinto.
Prosiguiendo con
lo anterior, había actividades de limpieza exhaustivas que tomaban tardes
enteras para alcanzar resultados minúsculos, como sacarle el polvo a una
escalera completa, peldaño por peldaño, con una aspiradora pequeña o raspar las
gotas de pintura sobrantes de una pared que nunca debí pintar en primer lugar.
El gerente poseía una obsesión descabellada por el orden y la idea de que
“siempre hay algo que hacer”. El resultado de esto era que todos los días
desordenábamos a propósito la ropa de alguna zona solo para que después nos
viera acomodándola.
Mediante la
exigencia constante de un uniforme obligatorio, el jefe aplicaba un mecanismo
de presión que nos forzaba a comprar ropa de la tienda. Un día se presentó
jadeante ofreciéndonos un descuento de 40% en prendas porque los chivos de la
marca en el país iban a visitar el lugar. Básicamente, si no adquiríamos nada
estábamos despedidos antes de que los altos directivos inspeccionaran el sitio.
Hoy todavía tengo unos zapatos de futbol sala que no puedo ponerme a menos que
use dos medias.
Antes de salir y
entrar al recinto nuestros bolsos eran revisados y, lo más vergonzoso, debíamos
formar un semicírculo, subirnos la franela y bajarnos el pantalón para que
examinaran visualmente que no robábamos nada. ¿Qué sentido de dignidad queda
después de un escenario pornográfico como ese? Si todo esto se tratase de una
película, la imagen del gerente mirándonos en boxers sería la representación
simbólica de nuestra derrota como empleados.
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Tal vez se estén
preguntando si los empleados no nos quejábamos ante estos padecimientos y la
respuesta es que el gerente manejaba distintas técnicas para neutralizar los
posibles reclamos. En mi segunda semana, varios trabajadores se aglomeraron
para hacer unas demandas orales. Al día siguiente había cuatro empleados menos
en la tienda, casualmente los que habían protestado. Al mismo tiempo, nos solía arrojar un discurso “motivacional”
que se podía sintetizar así: “Ustedes tienen que trabajar más duro todavía para
que los ascendamos y puedan ser alguien en la vida, vamos a ser proactivos”.
Con esos
despidos quedaba anulada la posibilidad de agrupamiento entre vendedores. “¿Por
qué tengo que limpiar el baño o pintar si
eso no está en el contrato?” o “¿por qué no han pagado los cestatickets?”,
eran cuestionamientos que todos pensábamos seis veces antes de hacer. Asimismo,
al menos la mitad de los empleados se tragaba la charla del emprendimiento,
olvidaba sus descontentos y se esforzaba el doble con la promesa de la
promoción. Ascenso que casi ninguno conseguiría, por supuesto.
Otro método
consistía en hacernos saber que la tienda podía botar a todo su personal en un
solo día sin verse afectada. Algún trabajador reclamaba algo y, esto lo observé
tres veces, el gerente le enseñaba una resma de papel con todos los currículos
recibidos de buscadores de empleo. El mensaje era “acepta las condiciones o te
reemplazamos con uno de estos”. De hecho, la tienda funcionaba contratando y
despidiendo personal constantemente para no tener que emplear fijamente a casi
nadie.
Por tratarse de
mi primer trabajo llegaba a pensar que mis quejas eran eso, mías. Ingenuas y
sensibles. Pero al contrario, mis compañeros que llevaban años rotando de
tienda en tienda vociferaban sus enfados. No sé si el que me juró haber acordado
con su primo del CICPC para mandar a robar al gerente tuvo éxito. Ocurrió el
mismo día en que el jefe, como un niño gordo que le pega repetidamente al nerd
de al lado, reprodujo tres veces seguidas “Una Vaina Loca” en las cornetas
mientras limpiábamos. Al terminar la canción, comentaba: “¿Se la aprendieron?
¿No? Bueno, se las pongo otra vez”.
Los encargados organizaban charlas fuera del horario para que
“conociéramos más de los productos y nos comprometiéramos más con la marca”. En
mi décima semana de trabajo, se aplicó una nueva política que “multaba” con 100
Bs. a quien llegara tarde a su turno regular
o faltara a dichas sesiones. El truco consistía en descontarlos de las
comisiones por ventas individuales y no del salario formal. No era ilegal.
Finalmente, un domingo, llegué 6 minutos tarde y el gerente decidió dejarme
afuera por media hora hasta que subieran la santamaría, aunado con eso me
aplicaron la multa y me redujeron 30 minutos del receso (duraba una hora). Ese
día renuncié.
Consulté un par
de abogados sobre la posibilidad formalizar alguna denuncia y la respuesta fue
la misma. Quienes manejan estas tiendas grandes tienen todas sus formas de
operar bien planificadas y enmarcadas de alguna manera dentro de la ley, y en
un país que solo se mueve por dinero o amiguismo no había ninguna acción
fructífera que tomar.
Una de las
conclusiones generadas por la frustración del trabajo es que si un Gobierno A
aplica una medida o ley (bien o mal hecha) que pretende favorecer las
condiciones de los asalariados, y una oposición B responde (acertada o
desacertadamente) ante dicha ley solo con un “esto va a dañar la productividad
y la empresa privada” o “ahora los trabajadores holgazanes van a hacer los que
les dé la gana”, probablemente la reacción de B será percibida con odio por la
gran cantidad de individuos que han tenido que padecer terribles experiencias
laborales durante décadas.
Por supuesto,
son más los comercios que no funcionan como el descrito acá que los que sí. Lo
infame es que siga existiendo un marco jurídico, social y económico en el que
es posible que tiendas se manejen de esta forma sin ninguna represalia. Lo
repudiable es que no haya organismos que regulen eficientemente los derechos y
límites entre jefes y empleados. Que el sistema de reglas por el que se rige un
comercio tenga como principal principio la generación de dinero es lógico y no
está mal. El problema surge cuando ese es el único principio. Los gerentes y dueños no pueden olvidar que
cohabitan con clientes y trabajadores que implican una responsabilidad social y
no son un instrumento inanimado más para el exclusivo objetivo monetario.
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No hice ningún hincapié en las características de los trabajadores porque espero escribir otro texto para ellos (si me motivo a hacerlo, pues la descripción del lado de los asalariados es tan desesperanzadora como la de los de arriba).
Quizás la famosa frase de Henry Ford está lo suficientemente vigente como para seguir permeando o ser la base de la fortuna de emporios como estos, aquí te la dejo: Why is it every time I ask for a pair of hands, they come with a brain attached?
ResponderEliminarBtw, excelente texto (lo dice una total neófita de la composición periodística), de verdad. :)
Pero por Ford, me puedo imaginar perfectamente esa frase en la biografía del twitter del gerente. Sin duda la hubiese colocado en el texto de haberla conocido.
EliminarEn fin, muchas gracias. Acércate más al al lado oscuro periodístico :), no todo es Ravell hablando de "la paloma de Nicolás".